Por qué el gradualismo no arreglará la economía

La discusión sobre la efectividad de realizar cambios bruscos o paulatinos para levantar el cepo y reducir la inflación y el déficit es apenas un debate político: un programa de shock es la única opción

Una gran cantidad de políticos, economistas y formadores de opinión defienden el gradualismo como la única opción disponible para el próximo gobierno. ¿Qué hay detrás de esa defensa? ¿Es la recomendación de política correcta para un diagnóstico correcto? ¿O estamos frente a un diagnóstico errado? Quienes favorecen el gradualismo ¿perciben correctamente las restricciones políticas y la magnitud de los problemas macroeconómicos que deberá resolver el próximo gobierno? ¿O, incluso desde una óptica más política que económica, un shock resulta más recomendable?
Tal como surge de las preguntas anteriores y de otras que nos haremos en lo que resta de estas líneas, el debate gradualismo versus shock puede abordarse desde varios puntos de vista. Uno pasa por preguntarse de qué manera nos aseguramos que efectivamente se corrijan los desequilibrios macro, y que las políticas y las reformas necesarias efectivamente se implementen y se ejecuten. Desde esta óptica no debería importar tanto cuán rápido o cuán lento se hagan las cosas, sino que se hagan. La opción de un programa de shock luce atractiva, por cuanto permite aprovechar adecuadamente la «luna de miel» y el «mandato para hacer cosas» que el triunfo electoral suponen. El gradualismo, por el contrario, podría terminar siendo una suerte de invitación a la continuidad, no más que una lavada de cara al status quo.
Quienes expresan su preferencia por el gradualismo acusan de ingenuidad o de falta de realismo político a quienes se inclinan por un programa de shock. No estamos de acuerdo. La diferencia no está en la relevancia que ambos lados le asignan a las restricciones políticas. La diferencia fundamental estriba en la falta de acuerdo sobre si ambas opciones resultan igualmente capaces de generar una rápida recuperación económica. El gradualismo plantea que es posible volver a crecer sin necesidad de incurrir en costos elevados que pongan en riesgo la estabilidad política; del otro lado, la estrategia de shock plantea que no hay una opción tal. Que los costos políticos deben enfrentarse y asumirse de todas formas, porque no querer hacerlo de entrada es una invitación a tener que hacerlo más adelante, cuando la opción gradual se revele incapaz de superar las dificultades y generar el crecimiento deseado.
Pasamos así a otra dimensión del debate entre gradualismo y shock, la de la consistencia: ¿existe realmente una opción gradual que permita resolver los problemas macro que impiden que la Argentina crezca con estabilidad? ¿Cómo evitar que ese gradualismo no desemboque en una corrección macro abrupta no planeada ni deseada? Para responder esta pregunta primero tenemos que plantear lo que estilizadamente sería un programa gradual: el cepo se levanta también de manera progresiva de forma tal de evitar un salto devaluatorio, por lo que política cambiaria continúa basada en un «esquema de administración de reservas». La corrección de precios de la energía y el transporte se hace de manera gradual, en no menos de tres o cuatro años. Mientras, la reducción del desequilibrio fiscal no aparece entre sus prioridades.
Muchas veces se menciona que se podrían reducir algunos impuestos, incluyendo la reducción de la inflación, sin embargo nada se dice acerca de cómo se alcanzará dicho objetivo, más allá de alguna alusión a la política monetaria como instrumento desinflacionario. El problema es que no resultará sencillo desinflar sólo con el Banco Central si el Tesoro no ayuda. Claro que se puede usar el financiamiento externo para cubrir el agujero fiscal y desligar la política monetaria de la fiscal. Pero, ¿podrá la Argentina colocar todo lo que se necesita para reemplazar al Central por el mercado, bajo las actuales circunstancias globales, y sin hacer grandes cambios al programa económico heredado? La respuesta a dicho interrogante no resulta para nada obvia. Y menos obvia aún cuando, para muchos de los defensores del gradualismo, resolver el tema holdouts y sanar el default es «una cuestión marginal» (tal como sostuvo el ex ministro Lavagna en la entrevista que publicó el diarioClarín el pasado 16 de abril).
El gradualismo pretende ser consistente desde el punto de vista político. Esto es, no violar lo que podría verse como la restricción política. La idea es hacer sólo aquello que no implique tener que pagar costos políticos y sociales elevados. Queda la sensación que hay muchos analistas y economistas que hablan o escriben teniendo exclusivamente como audiencia a el/los candidato/s, sin que importe demasiado si se cae en alguna que otra inconsistencia macro. Pero es difícil que un programa de estas características pueda funcionar, por cuanto no modifica de manera consistente e inequívoca ninguno de los factores que hoy impiden que la economía crezca.
«LA IDEA DEL GRADUALISMO ES SOLO HACER AQUELLO QUE NO HAGA PAGAR COSTOS POLÍTICOS ELEVADOS, SIN IMPORTAR SI SE CAE EN INCONSISTENCIAS MACRO»
La falta de crecimiento no es sólo un problema de falta de confianza. La economía real está trabada también por culpa de una estructura de precios relativos cada vez más desequilibrada y por costos cada vez más elevados. Al atraso cambiario generado por la política monetaria y cambiaria del gobierno se le sumaron las consecuencias del súper dólar en el mundo (aun cuando la tendencia se haya atenuado durante las últimas semanas). La apreciación de éste respecto del euro, el real y una gran cantidad monedas emergentes supone un agravamiento importante de las condiciones de competitividad de los productores de bienes transables (tanto de bienes exportables como de sustitutos de importaciones, aunque a estos últimos las restricciones a las importaciones, por ahora, los protegen). A su vez, la inercia inflacionaria en materia salarial promete que «los costos» sigan siendo «el tema», en un contexto en que, de no ser porque no es políticamente correcto utilizar viejos conceptos, todo el sector productivo estaría hablando de la necesidad de «bajar el costo argentino». Costo derivado nuevamente de un Estado gigante y omnipresente, que asfixia no sólo por sus regulaciones e intervenciones sino por su manifiesta ineficiencia como proveedor de bienes públicos.Resulta imposible pensar en que se pueda volver a crecer si no se atacan rápida y coordinadamente ambos frentes, el de los precios relativos y el del peso muerto del Estado sobre la economía del sector privado.
El gradualismo sería viable, como lo fue en el pasado, si los desequilibrios ya se hubiesen corregido. Pero no es recomendable como estrategia para corregir los desequilibrios macro y los problemas de precios relativos que hoy enfrenta la Argentina. Un programa de shock en cambio sí podría funcionar, aun siendo realistas en cuanto a los costos políticos que se deben enfrentar. Se puede salir de esta coyuntura crítica encarando todos los problemas desde el arranque mismo de la próxima gestión presidencial. Ello permitiría corregir rápidamente los motivos que han llevado a que la economía argentina se encuentre en niveles productivos similares a los de 2011 y con la industria en niveles de 2009. Como sostuvimos arriba, sin una corrección rápida y sustentable de los precios relativos resultará difícil que la economía vuelva a crecer. Y un cambio de los precios relativos será percibido como sustentable sólo si la inflación cae de manera efectiva y rápida, de la mano de una política de reducción del déficit fiscal y, sobre todo, de una reducción consistente del financiamiento inflacionario de ese déficit.
El populismo kirchnerista nos pone frente al desafío de tener que elegir entre alternativas que no son seguras ni gratas a la hora de corregir sus desaguisados. Nos inclinamos por la creemos que más chance tiene de lograr que la Argentina vuelva a crecer. Las consecuencias de trece años de malas políticas económicas no se podrán revertir con medias tintas. Y tampoco se podrán revertir sin correr riesgos y sin incurrir en algunos costos. Pero lo peor sería paralizarse por el temor a tener que enfrentarlos. Más temprano que tarde, los problemas que no se aborden proactivamente se corregirán por fuerza de los acontecimientos. Una corrección proactiva es preferible a una corrección reactiva, y el gradualismo es una invitación a que suceda esto último.
FUENTE BAE