La industria tiene menos peso que en los 90

En el acto de conmemoración del 125° aniversario del Día de la Industria, la Presidente señaló en Tecnópolis, frente a más de 1.500 empresarios, chicos, medianos y grandes, que “cada país elige un proyecto para servir a los grandes intereses nacionales: el crecimiento, la generación de trabajo y consumo y la reindustrialización”.

Y enfatizó que “la reindustrialización estaba en el corazón del proyecto político que nació en 2003″.

Sin embargo, las cuentas nacionales que publica el Ministerio de Economía indican que frente a una contribución de la industria del 32,5% a la creación de riqueza en un año entre 1993 y 1998, medida por el PBI a pesos constantes, pasó a 30,4% en la crisis de 2002, se recuperó a la porción previa entre 2004 y 2007 y desde entonces declinó hasta 28,4% en la actualidad.

No se puede atribuir esa retracción relativa al efecto de la crisis internacional, porque nadie considera que la situación actual pueda compararse con la de 2009.

Entonces la participación del conjunto de las manufacturas agropecuarias e industriales en el PBI había descendido a 29,8%, y si bien reaccionó algo el año siguiente, repitió aquella performance en 2011 y ahora retrocedió más de un punto porcentual.

Semejante pérdida de relevancia plantea severas dudas sobre la capacidad  del denominado ”modelo productivo” para generar los resultados buscados de elevar el empleo, la productividad, la competitividad y la inversión, y que posibilite a la industria ampliar su presencia en los mercados internacionales.

A la Presidente sus asesores le informaron que “fuimos el único país de toda América Latina que no reprimarizó sus exportaciones y que las exportaciones de origen industrial son 34% del total, superando a las manufacturas de origen agropecuario”.

Pero los datos acumulados de los primeros siete meses de 2012 informados por el Indec dieron cuenta de que esa proporción no sólo se limitó a 32,5%, sino que además para llegar a esa relevancia la estadística incluye casi tres puntos porcentuales de exportaciones de piedras y metales preciosos que tienen un mínimo grado de industrialización.

Además, ese rango, del 32% del total de las exportaciones, era el que se había alcanzado en 1997 y 98. De modo que “el modelo productivo” lo máximo que logró, en un escenario inédito de alza de precios internacionales de los productos que vende la Argentina, fue volver al máximo previo.

El impacto cambiario
Cristina Kirchner sostuvo además que “más sorpresa causa cuando desde algún sector gremial se pide otro tipo de cambio, porque el primer impacto que tiene una devaluación es de lleno sobre el salario del trabajador”.

Y abundó: “Veo inconsistencia en los planteos, porque es clave para la industria que nosotros sigamos con el proceso de sustitución de importaciones, y para eso necesitamos un tipo de cambio de equilibrio, que permita no perder poder adquisitivo a los trabajadores y adquirir a los empresarios bienes durables”.

Sin embargo, los asesores de la primera mandataria del país deberían saber que un tipo de cambio que no se deja erosionar por el alza de los precios internos, léase por la suba de los costos de producción, el cual incluye el factor trabajo, es la mejor protección contra la competencia extranjera y posibilita sostener y hasta ampliar el empleo en las fábricas que apuntan a complementar el mercado interno con el de exportación.

Bajo un ángulo opuesto, también deberían saber que cuando el peso se aprecia, esto es el tipo de cambio se contrae respecto de la inflación interna, abarata el costo de las importaciones -se requerirán menos pesos para comprar la moneda extranjera para poder adquirir un insumo esencial, una máquina, tecnología o un bien de consumo- y por tanto, lejos de alentar la sustitución por producción nacional en  los casos que sería posible, la promueve.

En sentido inverso, se debilita la capacidad exportadora del sector manufacturero. Los datos de los primeros siete meses del intercambio comercial argentino mostraron que pese al estancamiento del mercado interno las exportaciones de bienes industriales se contrajeron 2% en valor y 4% en cantidad en comparación con similar período del año anterior.

De ahí que para no caer en el complejo debate de devaluación sí, devaluación no, el modelo productivo con inclusión social debería tener como condición básica reducir la inflación a menos de 5% por año e impulsar políticas orientadas a devaluar los costos de producción por vías genuinas y sostenibles en el tiempo.

Críticas con propuestas

Entre los mecanismos a mano para lograr esos objetivos se cuentan el cómputo a cuenta de IVA del total de las cargas patronales sobre la nómina salarial. El impacto negativo inicial sobre el flujo de caja para la Anses podrá diluirse con el incentivo que esa política ejercerá sobre la reducción del empleo en negro.

Adicionalmente, habría que eliminar el tope de salarios sobre los que se hacen aportes al sistema integrado de jubilaciones y pensiones.

También, se podría computar el 100% del pago del Impuesto a los Débitos y Créditos Bancarios a cuenta de Ganancias y del pago mensual que hacen monotributistas. De ese modo, se incentivaría la bancarización, con el consecuente efecto expansivo de los depósitos y crédito de las entidades financieras.

En materia aduanera se podrían eliminar los derechos de exportación sobre todas las exportaciones y a cambio retener sobre las operaciones el 50% del valor FOB de la mercadería que se vende al exterior, por ejemplo de más de un millón de dólares al año, el 35% del valor a cuenta de Ganancias.

Mientras que el total de las importaciones de bienes que se fabrican en el país podrían tributar el 35% de derecho, a cuenta de Ganancias.

De ese modo se federalizará la recaudación, al ser Ganancias coparticipable en modo pleno con las provincias, en lugar de las retenciones sobre las exportaciones que sólo se comparten parcialmente.

Además, al reducir la tasa de inflación, con una política fiscal y monetaria austera, se tenderá a bajar drásticamente el costo nominal del dinero, y de ese modo se podrá reactivar la demanda de crédito para inversión por parte del sector productivo.

Finalmente, no tendría que estar ausente el cierre del capítulo del default, como el que se mantiene con el Club de París y un puñado de inversores en bonos, porque independientemente de que el Gobierno quiera sostener la política de desendeudamiento, el sector privado requiere del crédito externo, financiero y comercial, para poder dar impulso a las exportaciones con valor agregado.

Una estrategia de esas características, en apretada síntesis, podría contribuir no sólo a la generación de empleos mejor remunerados, sino también a elevar sustancialmente la capacidad de generación de riqueza del aparato productivo yaumentar su presencia en la plaza internacional, como complemento, más que sustituto, del mercado interno.

FUENTE:INFOBAE