Déficit fiscal: un legado condicionante

La próxima gestión de gobierno se enfrentará al reto de ordenar las cuentas públicas de un Estado Nacional que ha crecido en tamaño y en desequilibrios.

Que la próxima será la administración de un Estado más grande se puede corroborar por el lado de los ingresos o por el de las erogaciones que lleva a cabo el sector público nacional: por el lado de los ingresos, su participación en el producto de la economía aumentó un 54% en la última década, al pasar de un 19,6% del PIB en el 2004 al 30,2% en el 2014. Por su parte, el peso relativo del gasto creció de manera sistemática durante la última década. Pasó del 17,4% en el 2004 al 32,7% del PIB en el 2014, es decir un aumento de 88%.

Simultáneamente, desde el 2009 en adelante se aprecia un creciente déficit fiscal que llegará a más del 5% del PIB en 2015. A esta situación se llegó por la fuerte expansión del gasto público, consistentemente por encima al crecimiento que cada año pudieron mostrar los ingresos. Este empeoramiento de las cuentas públicas nacionales es incluso coincidente con el periodo en que adquirieron relevancia la asistencia financiera recibida por el Tesoro de parte de ANSES y BCRA, registradas como parte de los ingresos corrientes bajo la denominación Rentas de la propiedad, y utilizadas por lo tanto para la financiación del gasto general.

Frente a esta situación, es factible esperar que las nuevas autoridades intenten recuperar la senda del equilibrio fiscal, con lo que parte del debate de política económica se centra en establecer la posibilidad, y en tal caso la magnitud, de los ajustes fiscales necesarios. Respecto, precisamente, a la dimensión de los desequilibrios fiscales con los que se encontrarán, puede resultar esclarecedor calcular un orden de magnitud comparando el monto del déficit fiscal con la cuantía de los principales rubros del gasto nacional en la actualidad. Por ejemplo, si se relativiza el resultado fiscal con los Subsidios económicos, se aprecia que el rojo fiscal, equivalente en 2013 y 2014 a la mitad del gasto en subsidios, en 2015 llegará a un ratio de 1,2; lo cual implica que aún con la eliminación total de los mismos, no se podría recuperar el resultado equilibrado. Lo anterior también se verifica cuando se relativiza el déficit con el Gasto en Personal. Esta relación fue creciendo durante los últimos diez años y en el 2015 el déficit equivaldrá a un año y medio de salarios del personal estatal nacional. Si se quiere analizar el tema tomando al Gasto en Seguridad Social, puede ejemplificarse que para equilibrar las cuentas públicas en 2015 sólo utilizando este gasto como instrumento de política, el mismo debiera haberse reducido en un 60%. Claramente, la opción de rebajar sueldos y jubilaciones no aparece en el menú de alternativas de política, por la típica inflexibilidad de dichos conceptos a la baja nominal y fundamentalmente por las consecuencias socioeconómicas que acarrearía.

En efecto, la mayor importancia que adquirió el déficit como proporción de los gastos de alta rigidez es un fuerte condicionante a futuro, puesto que impone un piso en la evolución del peso relativo del gasto público nacional, y configura una restricción para encarar cualquier tipo de reforma tributaria que requiera una resignación de recursos fiscales. Estas restricciones serán más marcadas si el acceso al resto de fuentes de financiamiento típicas de un gobierno nacional ya fueron sobreutilizadas, como en el caso de la emisión monetaria; o si, como en el caso del endeudamiento, exigen una alta cuota de confiablidad para concretarse. Cerrando el círculo, esta confiabilidad estará atada, precisamente, a qué señales dé la administración entrante respecto al manejo de la política fiscal.

*  Presidente del Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF)

FUENTE DIARIO BAE