¿De qué país habló la Presidenta?

Cinco amigos, en un bar, cafecitos enfriados de por medio, no nos pudimos poner de acuerdo sobre las derivaciones del discurso de la Presidenta el 1º de marzo. Fue el día que pretendió inaugurar el año legislativo pero no lo hizo y se dedicó a defender a su gobierno y atacar a todo aquel que se le oponga a lo largo de un maratónico monólogo de mucho más de tres hora de duración.

Buena pregunta sería: ¿Para qué tanto? ¿Quiso hacer un discurso histórico?. Si fuera así convendría recorrer los archivos cinematográficos para mostrar que los grandes estadistas hablan poco, extremadamente poco. No necesitan hablar mucho. Dicen lo necesario. Y tratan un solo tema. De Gaulle cuando procuró serenar la revuelta estudiantil de 1968 y antes que ello Roosevelt, cuando anunció la ‘traición de Japón’ (el ataque a Pearl Harbor) y declaró la guerra o cuando Stalin recurrió a la defensa de la Madre Patria ( no del gobierno comunista) cuando los nazis invadieron Rusia, en 1941.

Dos de los amigos presentes, siendo críticos del gobierno de Cristina Fernández, dijeron que con su presencia en el Congreso había descolocado a la oposición, le había condicionado sus agendas, se había limpiado la ‘mancha’ de la desaparición de Alberto Nisman, y le había inyectado entusiasmo a su tropa, que está copando varios de los organismos del Estado, incluso la nueva Agencia de Inteligencia, un invento ‘gatopardista’. De hecho, decían, pudo silenciar a la oposición donde parte de ella ya implosionó: sería interesante saber qué quedará de UNEN después de que Hermes Binner se baje (como algunos pronostican con cierto grado de credibilidad) de la candidatura presidencial.

Los otros amigos que quedaban (era yo uno de ellos), pocos concesivos con el actual rumbo económico y político, éramos más optimistas. La oposición, dijimos, todavía tiene cintura. Y capacidad de maniobra e ingenio para sortear los obstáculos que la Presidenta se encarga de montar. Las estadísticas de los consultores (relativas, porque todavía falta relevar muchos segmentos de población del país real) confirman que Macri o la otra oposición o el ‘cambio’, como quiere llamarse, consigue más votos cuando la Jefa de Estado se enoja. Este hecho promete un año de campaña muy movida porque el cristinismo se resistirá a abandonar del todo lo que tiene en la mano. No es bueno utilizar la palabra ‘tragedia’ pero casi lo es porque no ha podido integrarse un pelotón, una coalición de centro izquierda más extendida, más sólida, más decidida.

Hubo que esperar al martes para respirar un poco mejor y sentirse compensado. Ricardo Lorenzetti, el titular de la Corte Suprema, en la inauguración del año judicial, sobrio, distendido y sin calificar a nadie, pidió terminar con la «impunidad», advirtió que no había un «Partido de los Jueces». Fue más allá: «El Estado Espectáculo –sentenció– expone los problemas pero no logra transformar la realidad, afecta la credibilidad de las instituciones».

Lorenzetti, que había sido maltratado por la Presidente el domingo agregó: «La Argentina tiene una larga historia en la que se nos metió miedo. Esto debe terminar. Debemos brindar confianza, protección, igualdad y seguridad».

Agregó además, frente a las observaciones de la oradora del domingo, que ya había un fallo sobre el atentado a la Embajada de Israel en 1999. Frente a la demora en el caso AMIA un tribunal oral debía juzgar a Carlos Menem y otros imputados por presunto encubrimiento, «pero la Corte Suprema no puede indicarle a un tribunal qué causa debe llevar adelante», replicó Lorenzetti quien se quejó, de paso porque los «tribunales están saturados» y los nuevos de procedimiento oral todavía no funcionan.

La Presidenta salió sonriendo del Congreso el domingo pasado. Un importante grupo humano que había llegado en colectivos, estacionando en el lugar que quisieron en la Avenida 9 de Julio, la alabó, la besó y la aplaudió. Más allá de esta euforia queda por ver que es lo que queda del 2015, qué es lo que se espera del 2016.

Por de pronto el Ministerio de Economía y el Banco Central han prometido que no habrá devaluaciones. Sin ellas la inflación disminuirá y el consumo se mantendrá o crecerá un poco. Toda una burbuja, dinamita pura. El atraso cambiario ya llegó a una marca similar a la de la caída de la convertibilidad, a fines de 2001.

El desendeudamiento que levanta como bandera la Casa Rosada no tiene fundamento: la deuda pública era de u$s 144.500 millones en 2001. En 2003 subió a 152.600 millones. Tras el canje de Lavagna del 2015 cayó a 126.500 millones pero a mitad del año pasado volaba en calamitosos u$s 199.000 millones, sin computar los compromisos con los holdouts y otros ítems que llevarían la deuda a casi el 60% del Producto Bruto Interno.

El panorama del empleo privado es muy preocupand: en 2014 se esfumaron 300.000 puestos de trabajo a partir del serio parate de la actividad productiva.

Y como si todo fuera poco las reservas del Banco Central han caído hasta la aflicción. Se habla de un nivel de reservas de u$s 31.000 millones y se alaban los yenes que llegaron de China, pero son varios los especialistas que aseguran que las reservas líquidas, disponibles bordean los u$s 13.000 millones. No se han puesto de acuerdo si los ‘swaps’ de Pekín son o no son reservas.

¿Entonces, de que gestión pública habló la Presidenta el domingo?

FUENTE: CRONISTA